ENFOQUES DE LOS ERUDITOS OCCIDENTALES AL DEFINIR LA RELIGION
Por centenares de años se ha definido la religión en función de la doctrina, principalmente si la doctrina en cuestión presentaba las mismas características del cristianismo. Los primeros intentos de superar los confines de la prueba doctrinal surgieron a principios del siglo XIX, cuando los eruditos empezaron a considerar la intuición y la experiencia a fin de dar un énfasis mayor a los sentimientos religiosos más íntimos del hombre, algo esencial en las religiones orientales pero ausente en las modalidades de análisis en el Occidente. Esto resultó en un acercamiento más allegado hacia el interior del ser. Este enfoque fue ejemplificado por la definición de la religión según el teólogo alemán Friedrich Schleiermacher, en la cual la religión es un sentimiento de absoluta dependencia en contraste con un sentimiento de relativa dependencia en algo, en un algo divino.
Durante muchos años, las religiones fueron sometidas a la interpretación con métodos similares, los cuales a menudo se apoyaban más en la especulación que en el conocimiento actualizado en los hechos verdaderos, particularmente de las religiones orientales. Finalmente, a partir de 1860 el erudito de Oxford, Max Muller apeló a que se crease una ciencia de la religión, la cual interpretaría a la religión mediante una prueba objetiva basada en lo patente de los hechos y en una metodología imparcial y precisa al plantear comparasiones.
Los antropólogos y sociólogos al principio del siglo XX aseveraban que las creencias y las prácticas religiosas sólo podían comprenderse a partir del contexto cultural del cual surgían. Encabezados por los sociólogos Emile Durkheim y Max Weber, plantearon que la religión debe analizarse en función de sus factores sociales, y redujeron la creencia religiosa a sus componentes sociales, económicos, políticos, psicológicos y culturales. Pero muchos de los enfoques que defendieron fueron sometidos a la crítica en base a que no plantearon argumento alguno por lo que muchos consideraban el elemento esencial de la religión: la trascendencia.